Crónica pictórica del Poblenou: del ‘Mánchester catalán’ al barrio de moda

Hay un Poblenou que podría parecer Nueva York, con sus escaleras de incendios y sus edificios industriales. Hay otro de sabor tropical y añejo, de palmeras y casitas de colores, que podría ser La Habana. Y hay un Poblenou que solo puede ser el de Barcelona: el barrio industrial que pasó de ser el Mánchester catalán a la orgullosa Villa Olímpica del 92 y, con el nuevo milenio, el distrito tecnológico 22@, con su correspondiente gentrificación hipster. En todos sus contrastes Poblenou tiene su propia pintora: Neus Martín Royo, que lleva tres décadas retratando la transformación del barrio en el que nació, cuando aún era territorio de chimeneas y fábricas, cuando las vías del tren separaban la ciudad de la playa.

«Barcelona vivía de espaldas al mar, todo el litoral estaba cortado por las vías. De niña, mi padre me llevaba los domingos al paso de nivel a ver pasar los trenes. Entonces, la playa era como un vertedero», recuerda Martín Royo frente a uno de sus lienzos de dos metros, un skyline del Poblenou en 2007, aún salpicado de las últimas fábricas e imprentas, con la montaña de Montjuïc al fondo. Es la vista desde la ventana de su cocina. «Es muy representativo del cambio del barrio, del paso al 22@», señala la artista, que ha recuperado el cuadro in extremis; ella misma lo trajo en furgoneta desde un pueblecito de la Borgoña, cedido por unos coleccionistas franceses.

Neus Martín Royo retrata la transformación del Poblenou en 'Can Ricart' (2007).
Neus Martín Royo retrata la transformación del Poblenou en ‘Can Ricart’ (2007).

Nunca en Barcelona se había hecho una exposición como esta: Poblenou: memoria pintada. Más que una exposición, es un viaje al pasado y presente del barrio, una ruta por los espacios más insospechados: la librería Etcètera, la coctelería Balius (que conserva el letrero retro de la antigua droguería), la horchatería Tío Che, la centenaria tienda de ropa de trabajo La Africana… En todos los escaparates hay cuadros de Martín Royo, que además despliega 130 obras en cuatro sedes de ADN posindustrial.

LA FÁBRICA DE SEDA

Un grupo de chicos sale con sus bolsas deportivas de la piscina de Can Felipa mientras, en la diáfana tercera planta, Neus Martín Royo acaba de montar su exposición. Lo que fuera una fábrica textil del XIX (y cuna del anarcosindicalismo, hasta Durruti pasó por aquí) es desde los 90 un popular centro cívico. «Poblenou está lleno de contrates. Me interesa esa poética entre lo viejo y lo nuevo, la de los espacios transfronterizos», admite la artista, que lleva pintando su barrio desde que fuera estudiante de Bellas Artes. Siempre desde un realismo cercano a los paisajes de Edward Hopper, pero también desde la quietud etérea de los bodegones de Giorgio Morandi y con un toque impresionista en la textura de las pinceladas, en las delicadas capas de luz. «Retrato la arquitectura como si fuera un bodegón, sensación que se intensifica con la ausencia de figuras humanas. Lo que me interesa es la luz, el juego de volúmenes…», apunta.

La pintora Neus Martín Royo en su taller.
La pintora Neus Martín Royo en su taller.

En Can Felipa muestra algunos de sus magnos paisajes posindustriales combinados con escenas más costumbristas y pequeñas tablas de fachadas, balcones con pájaros, patios de flores, una peluquería de señoras… Martín Royo camufló algunas de estas vistas en algunas de sus exposiciones sobre otras ciudades: Nueva York, Londres, La Habana… «Poblenou siempre está, lo infiltro en casi todas mis muestras», confiesa.

EL ‘CASTILLO’ DE PLAYA

A un kilómetro de Can Felipa se llega a un oasis urbano: el complejo de Palo Alto, un exuberante jardín cubierto de enredaderas. Empezó siendo una fábrica de hilo de lana, tras los bombardeos de la Guerra Civill se fragmentó en pequeños talleres, en los 80 quedó abandonado y fue cuando varios artistas y creativos lo recuperaron (entre ellos, Javier Mariscal, que aún tiene aquí su estudio). «Para nosotros, los poblenovins, Palo Alto es como un castillo a cinco minutos de la playa. Por eso aquí mostramos los cuadros del frente marítimo», señala Martín Royo, que también ha pintado profusamente la calma y los rincones de este castillo de ladrillo y vegetación.

'Palo Alto Botànic' (2015).
‘Palo Alto Botànic’ (2015).

‘CAMPANARIO’ DE OBRA VISTA

A dos calles de Palo Alto está el campanario, también de ladrillo: una impresionante torre con 300 escalones con una de las mejores (y más desconocidas) vistas sobre Barcelona. Desde el XIX, la Torre de les Aigües fue el depósito municipal de agua y hoy alberga el Archivo Histórico de Poblenou. «Es un edificio que siempre me ha fascinado. Cuando demolieron el complejo que lo rodeaba quedó un solar desangelado, con la torre en medio. Tenía un aire de ruina romántica y fantasmagórica», señala Martín Royo frente a uno de esos cuadros algo brumosos.

En la planta de arriba, se ha reconstruido casi literalmente el taller de la artista: una gran mesa con una paleta de cristal, un cuadro en el caballete, tubos de colores, ceras, carboncillos y pinceles, hasta un juego de té y pequeñas esculturitas y figuras… «Nada habla tanto de un artista como su taller y su paleta», reconoce. Mientras dure la exposición, la artista se trasladará algunos días a su segundo taller para pintar en directo.

'Icarians' (2020), el 'skyline' marítimo de Barcelona.
‘Icarians’ (2020), el ‘skyline’ marítimo de Barcelona.

CATEDRAL INDUSTRIAL

Para llegar a la antigua fábrica Oliva Artés hay que subir hacia el frondoso Parque del Centro proyectado por Jean Nouvel en los 2000. Construida en 1920, la Oliva Artés fue una de las grandes metalurgias de la ciudad, donde se fabricaban y reparaban grandes piezas de maquinaria. Hoy, el edificio es una subsede del Museo de Historia, por eso Martín Royo ha escogido las obras que remiten a la arquitectura de la Revolución Industrial para este magno espacio. Como si fuera un altar para una catedral industrial, Martín Royo ha pintado ad hoc un monumental tríptico (de seis por dos metros) de los días en activo de la fábrica. Y la acompaña el escultor local Efraïm Rodríguez, que ha representado ese Mánchester catalán con la escultura de una Soldadora en madera y alabastro. Porque ellas también jugaron un papel crucial en la revolución, industrial y social, del barrio.

Fuente: https://www.elmundo.es/la-lectura/2022/09/16/631a069fe4d4d8aa5a8b4587.html

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