El primer Clásico que contó MARCA

Acomienzos de 1940, el sonido de las Underwood, el humo de los Lucky y los Fedora de ala corta que identificaban a los periodistas formaban parte del ambiente de una redacción que acababa de aterrizar en la madrileña calle del Marqués de Cubas. Aún MARCA era el Semanario Gráfico de los Deportes, que Manuel Fernández Cuesta había alumbrado dos años antes en San Sebastián, en el último estertor de la guerra civil.

Con una de esas máquinas que emitía ese inconfundible hilo musical periodístico, Eduardo Teus, un futbolista filipino que había jugado de portero en el Madrid FC por accidente -fue Bernabéu, el capitán, el que le encomendó esa tarea cuando el titular no apareció por el hotel en un partido en Barcelona- se convirtió en el primer cronista para este diario del partido de fútbol más importante del planeta cuando ni siquiera era el más importante del país. Del Clásico.

El 28 de enero, a las cuatro, se enfrentaron el Madrid y el Barcelona en la novena jornada del campeonato liguero. En una clasificación con 12 equipos, los blancos, que se habían visto obligados a desprenderse del término Real adjudicado por Alfonso XII en 1920, debido a la República -lo recuperaron en 1941-, eran séptimos. Los azulgranas, octavos. Aún faltaban tres años para esa eliminatoria de la Copa del Generalísimo (3-0 en la Ciudad Condal y 11-1 en Madrid) que se considera el kilómetro 0 de la rivalidad. El ambiente distaba mucho de la tensión que se asocia en la actualidad. «El Barcelona supo perder con elegancia y deportividad. Eso sí, poniendo ardor en la pelea, pero con nobleza y correción siempre», escribió Teus, que luego tomaría las riendas de la selección española durante seis partidos hasta que el General Moscardó lo destituyó. Sus días acabarían en 1958 en una visita del Real Madrid a San Mamés como enviado del diario Ya, cuando cayó fulminado en la tribuna de prensa por un infarto.

La publicación del amplio reportaje, con una incidencia especial en la imagen, se produjo dos días después, el martes. Entre las piezas escritas, junto a la crónica, se publicó una sección llamada Fogonazos, firmada por Rienzi -padre de un antiguo director del As y apodo extraído de una ópera de Wagner-, que recuerda al Twitter actual. Textos cortos, con dosis de humor, en los que el periodista relataba desde el enfado de un aficionado que se perdió el primer gol local porque lo marcaron a los 40 segundos, «¡esto es una falta de formalidad!», entonó el susodicho, hasta el reconocimiento de la parroquia blanca, resumida en una mujer, que apreció la actuación del guardameta del Barça Juan José Nogués, el que seis años antes había sustituido en el Mundial de Italia a Ricardo Zamora cuando los italianos le partieron dos costillas.

Tras aquel gol de cabeza de Alonso, «un remate varonil (sic)», se produjo de inmediato la respuesta azulgrana, empatando el encuentro a los tres minutos por medio de Pascual, que aprovechó un fallo de la defensa, línea que por aquel entonces formaban sólo dos jugadores, el famoso sistema piramidal (2-3-5) que perduró en nuestro fútbol hasta la llegada tardía de la WM de Herbert Chapman.

Ambos equipos compartían algo, además. Sus dos últimos presidentes habían sido asesinados por la contienda bélica. Josep Sunyol fue fusilado por su condición de diputado de ERC en 1936; Antonio Ortega, en el 39, por comunista. El Madrid, además, habia perdido a Monchín Triana, ejecutado en las sacas de Paracuellos.

El duelo de cuñados

Chus Alonso, el primer goleador de ese partido que acabaría 2-1, se estaba enfrentando a su cuñado, el gran Herrerita, el fino asturiano que militó en el Sporting y Oviedo y que sólo jugó aquella temporada en el Barça, en el único curso en el que salió del Principado. Era una cesión momentánea, pues el Oviedo no había podido participar esa temporada en la competición al estar su estadio devastado por la guerra. La Federación le concedió una excepción para readmitirlo en Primera a la siguiente campaña.

Alonso, hermano de la mujer del para muchos mejor futbolista asturiano que ha existido, había nacido en La Habana y tiene un hueco en la historia del equipo blanco al ser el primer goleador de la historia del Santiago Bernabéu, hecho que acontecería en 1947. En aquel encuentro, sus albores, sorprendió al periodista. «Hay en este muchacho, si los elogios no le deslumbran, un jugador de clase. Nada menos ni nada más que el sucesor de Luis Regueiro», escribió con valentía, pues éste se encontraba en el destierro después de haber militado en la selección de Euskadi que había jugado por Europa durante la contienda, incluída la URSS, con el fin de recaudar fondos para el Gobierno Vasco y la república.

Al empate del equipo de Pat O’Connell le sucedieron momentos de brillantez en el juego. Las crónicas ya mencionaban «el estilo del Barcelona, la fina escuela catalana de balón a ras de tierra y fútbol rápido y ligado», pero el marcador no se movió hasta entrada la segunda parte.

El ‘proscrito’ O’Connell

Las paradas de Nogués, especialmente, habían sostenido al Barcelona junto a la actuación salvando un gol bajo los palos del calvo murciano Francisco Garcerán, que luego ejerció de árbitro y falleció en 2007 a los 96 años. Esos dos valladares repelieron «el fútbol profundo y rápido del Madrid» hasta que Simón Lecue desniveló la balanza en el minuto 30 del segundo tiempo, rematando en un barullo en el área. O’Connell asistió resignado a la derrota. Había llegado en 1922 a España dejando atrás un pasado como futbolista empañado en Inglaterra tras confesar que había participado en la fechoría del primer partido amañado de la historia, cuando como jugador del Manchester United había fallado un penalti frente al Liverpool a propósito para acertar el resultado y cobrar una suculenta cifra en las casas de apuestas.

Rehabilitado para el fútbol, había pasado por los banquillos del Racing de Santander, el Oviedo y el Betis, al que en 1935 dio el único título de Liga de la historia verdiblanca. En el Barça, al que llegó antes del estallido de la guerra, tenía ya un papel testimonial cuando visitó un Chamartín, con capacidad para 22.000 espectadores, donde se podia leer en uno de los muros el nombre de Franco. Haber impulsado la gira en las que muchos futbolistas se exiliaron no pasó inadvertido. Pepe Planas llevaba el peso.

Tres meses después se enfrentaron en Les Corts. No hubo goles y el Madrid cedió parte de las posibilidades de ganar el título de Liga. Sin saberlo estaban en el ecuador del periodo más tieso del club blanco, que había levantado por segunda y última vez aquel título en 1933, algo que no haría de nuevo hasta 1954, ya con Alfredo di Stéfano. El Barça tardó menos en recomponerse. Ganó la Liga 44/45. Una historia de otro tiempo.

Fuente: https://www.marca.com/primera-plana/2022/10/16/63496aade2704e62048b45bc.html

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