Madrid se llenó de peregrinos, pero la logística de los confesionarios no fue suficiente para todos.
Ante esto, muchos sacerdotes jóvenes tomaron la iniciativa en las plazas.
Con una estola morada sobre los hombros, convirtieron fachadas y vallas en lugares de paz.
Es un recordatorio de que la fe se mueve por lo concreto.
“La revitalización de la vida católica parece abrirse camino a través de gestos sencillos nacidos desde la base”, y estas confesiones al aire libre son la prueba definitiva.
Menos burocracia y más cercanía en medio del caos urbano.
Una imagen poderosa que define a una nueva generación de curas.