El 1 de agosto de 1971, el Madison Square Garden de Nueva York fue testigo del primer gran concierto benéfico de la historia del rock: el Concert for Bangladesh, organizado por George Harrison.
Entre constelaciones de estrellas como Bob Dylan o Eric Clapton, hubo un momento de pura magia e intensidad humana cuando Ringo Starr se sentó tras los tambores para interpretar “It Don’t Come Easy”.
Lanzada apenas unos meses antes como sencillo (con la inestimable producción y coescritura informal de Harrison), la canción ya era un éxito masivo, pero tocarla en vivo ante miles de personas en aquel momento parecía ser un reto mayúsculo para el ex-Beatle.
Ringo, visiblemente nervioso, llegó a confesar años después que el pánico escénico casi lo domina, al punto de olvidar parte de la letra a mitad de la canción.
Sin embargo, lejos de arruinar la presentación, ese tropiezo humano desató la magia: las coristas salieron al rescate con energía y el público estalló en un rugido de apoyo incondicional.
Con el empuje de una banda de soporte de ensueño, con Jim Keltner reforzando el ritmo a su lado y su inconfundible pulso rítmico, Ringo sacó adelante una interpretación inolvidable: el Beatle más simpático también tenía el peso de un titán sobre el escenario.
FUENTE LA MUSICA QUE CORRE POR MIS VENAS
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