LA ADVERTENCIA DE FRANCISCO HUERTA MONTALVO, DESDE 2010
Las declaraciones del Dr. Francisco Huerta, hoy fallecido, deberían estremecer a cualquier ecuatoriano que aún conserve memoria y sentido de país. No habló por rencor, ni por cálculo político; habló porque vio lo que casi nadie quiso ver. Y lo más grave es que lo advirtió desde el año 2010, mucho antes de que la violencia explotara y de que Ecuador descubriera, demasiado tarde, que estaba siendo tomado por el crimen organizado.
Huerta lo dijo cuando pocos escuchaban: el Estado estaba abriendo espacios para que las mafias ingresaran sin resistencia. Y quien gobernaba en ese periodo el gobierno de Rafael Correa concentró tanto poder y debilitó tantos controles que el terreno quedó preparado para que el narcotráfico penetrara en instituciones, puertos, justicia, cárceles y política.
Su frase de 2022 se volvió célebre, pero su diagnóstico venía de mucho antes.
“El narcotráfico penetró con bendición oficial.”
Eso no fue una ocurrencia tardía, sino la conclusión final de más de una década de advertencias ignoradas.
Huerta describió la radiografía de un país que bajó la guardia. Que celebró espectáculos políticos mientras se desmontaban los sistemas de inteligencia, se perseguía a quienes alertaban riesgos y se dejaba a las mafias operar en silencio. Que normalizó la corrupción en las instituciones y toleró la infiltración en la política local y nacional. Y en ese escenario, el correísmo consolidó un modelo de control que debilitó contrapesos y abrió la puerta para que el crimen organizado encontrara refugio institucional.
Hoy pagamos las consecuencias.
No es casualidad que Ecuador haya pasado de ser un país de tránsito a convertirse en un nodo estratégico del narcotráfico. Los puertos sin control, las fronteras sin vigilancia, las cárceles convertidas en centros de mando y la política financiada con dinero oscuro no aparecieron por arte de magia: son el resultado de decisiones tomadas en la década en la que Huerta comenzó a advertir, sin que nadie le hiciera caso.
Por eso su mensaje póstumo es tan contundente: el crimen organizado no se impuso por fuerza, sino por permisividad política, por silencios convenientes y por un Estado más preocupado en blindar el poder que en defender al país.
El Ecuador tiene dos opciones:
seguir ignorando lo que ya se dijo en 2010,
o finalmente admitir que el camino hacia la violencia actual comenzó cuando muchos aplaudían mientras pocos alertaban.
La voz de Francisco Huerta merece ser leída como un testamento cívico. Él no buscó protagonismo, buscó que el país reaccionara. Pero nadie escuchó. Y cuando el Estado calla, el crimen habla.
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