Las llamadas “muñecas de la mafia” no empuñan armas, pero habitan el resultado de ellas.
Viven del botín que deja la sangre ajena, aunque sus manos luzcan limpias.
Mientras algunos hombres en “malos pasos” celebran la muerte como victoria, otros pagan el precio: niños, mujeres embarazadas, familias enteras atrapadas en balas que no eligieron.
Para el crimen organizado, matar no es tragedia:
es mérito. Y cada viaje, cada bolso, cada brindis, es una celebración construida sobre ausencias.
Ellas no disparan, pero legitiman. No ordenan ejecuciones, pero normalizan el lujo nacido del horror.
El problema no es la belleza ni el género.
El problema es la moral suspendida: cuando disfrutar del dinero exige no preguntar de dónde viene. En ese mundo, el éxito no se mide en paz ni dignidad, sino en ostentación.
Y la muerte del inocente se vuelve un daño colateral invisible.
Una sociedad se pudre no solo por quienes matan,
sino por quienes celebran con ellos y llaman “amor”, “estatus” o “vida resuelta” a lo que nació del terror.
No todo el que calla es inocente.
A veces, callar también es elegir bando.
El crimen no solo mata con balas.
RECUERDA :
Quien disfruta del botín sin preguntar su origen, ya eligió bando.
Fuente: Milagro Digital