En Noruega, una práctica cotidiana se ha vuelto un ejemplo silencioso de convivencia y consumo responsable.
Cuando los árboles frutales de jardines y patios producen más manzanas de las que una familia puede aprovechar, muchos vecinos optan por invitar a otros a recogerlas libremente.
En lugar de dejar que la fruta caiga al suelo y se desperdicie, colocan avisos simples o lo comunican de boca en boca, transformando un exceso doméstico en un gesto colectivo.
Esta costumbre no solo reduce el desperdicio de alimentos, sino que también refuerza la confianza entre vecinos y el vínculo con el entorno.
Compartir la cosecha evita pérdidas innecesarias y promueve una relación más consciente con la comida, mostrando cómo acciones pequeñas, repetidas a diario, pueden tener un impacto real en la vida comunitaria y en el cuidado del medioambiente.
Fuente: UPSOMEDIA