En 1929, la luz del sol entraba directamente a Grand Central Station en Nueva York, iluminando su interior de una forma que hoy ya no es posible ver.
En ese momento, el skyline de Manhattan era muy diferente. Los edificios alrededor eran más bajos, lo que permitía que la luz natural atravesara las ventanas y llegara hasta el interior de la terminal, creando una escena que formaba parte de la experiencia diaria de los viajeros.
Con el paso de las décadas, la construcción de rascacielos alrededor de la estación cambió por completo el entorno. Las nuevas estructuras bloquearon el paso directo de la luz solar, alterando para siempre esa vista que alguna vez existió.
La estación sigue siendo la misma. Pero la ciudad a su alrededor cambió la forma en que la luz la toca.
Fuente: Archivos históricos de Nueva York / Grand Central Terminal