febrero 16, 2026

Gata aparece nombrada como Ta-Miaut (tA-miAt): literalmente, “La gata”.

Hace unos 3.400 años, un príncipe egipcio dejó una prueba de cariño tan obsesivamente elegante que todavía hoy suena a “esto no debería existir”… y sin embargo existe.

El joven era Thutmose, hijo mayor del faraón Amenhotep III y heredero previsto del trono. Y su gata aparece nombrada como Ta-Miaut (tA-miAt): literalmente, “La gata”.

Cuando murió, Thutmose ordenó algo rarísimo para un animal doméstico: un ataúd/cofre funerario de piedra caliza hecho a medida, con inscripciones jeroglíficas y fórmulas funerarias.

En el Egipto faraónico, la piedra tallada se reservaba sobre todo para élites humanas y ciertos animales con culto; para una mascota privada, era una afirmación emocional sin pudor: “esta vida importó”.

La inscripción no se esconde detrás de poesía. Es directa, casi moderna: el nombre de Ta-Miaut, acompañado por los títulos del príncipe. Simple. Firme. Inmortal.

Hoy, el objeto se conserva en el Egyptian Museum de El Cairo (catálogo CG 5003 / JE 30172). Y aquí va el matiz que lo vuelve aún más interesante: su autenticidad ha sido debatida por especialistas, así que conviene contarlo como un caso famoso, pero no intocable.

El golpe final es histórico: Thutmose nunca llegó a ser faraón. Murió antes que su padre. El trono pasó a su hermano menor, Amenhotep IV (Akhenatón).

Y aun así, el nombre que sobrevivió fue el de una gata. A veces, el amor no necesita coronas: solo necesita un nombre que se niegue a desaparecer.

Fuente: Sra. Bigotes

gatos