La artista Harriet Richardson inició un nuevo proyecto al tatuarse los nombres de las madres de catorce exparejas.
La obra surgió tras años explorando cómo las relaciones personales influyen en su trabajo performativo y cómo la sociedad asigna roles distintos a las mujeres.
Conseguir cada nombre requirió memoria, búsquedas antiguas e incluso la ayuda de un investigador privado.
El tatuaje fue registrado por una fotógrafa y permaneció oculto durante meses hasta que decidió mostrarlo y, en redes, las reacciones se dividieron entre quienes apoyaron el proyecto y quienes lo criticaron, mientras que para ella el proceso significó cerrar etapas.