marzo 13, 2026

Influencer: pedigüeño, mendigo o engaño

En las calles digitales y físicas de nuestra era, la línea entre el influencer, el pedigüeño y el mendigo se difumina como un espejismo de una realidad.

Quienes se autodenominan influencers mendigan likes y regalos con la misma urgencia que un pedigüeño extiende la mano, mientras los mendigos reales claman por supervivencia en un mundo que los filtra como ruido de fondo.

En Ecuador este engaño está tomando tinte profesional. Hace contados días fui invitado a una Conferencia Magistral sobre Periodismo Digital y su momento en una Facultad de la urbe.

Encontré un grupo colaborativo. Pero una alumna alzó la mano y dijo ‘suelta y sin hueso en la lengua: “yo quiero ser influencer” ‘. Le respondí para que está estudiando.

Se generó una tertulia interesante, por una parte unos defendían la falta de respeto a los oyentes, lectores y televidentes; y, los otros que al pueblo le gusta. Al final, lo digital aguanta todo.

Hoy, a los clubes deportivos -Barcelona – Emelec- no les interesa a qué periodista le entregan la credencial sino como requisito el medio digital debe tener 100 mil seguidores y mostrar una nota que lleve 50 mil likes.

Igual ocurre en la política y farándula quienes han convertido y prostituido la palabra ‘influencer’.

El influencer se presenta como un faro de aspiración, pero su corona brilla con el polvo de la mendicidad virtual. Piden colaboraciones gratuitas, “envíos” de marcas y exposición a cambio de nada, bautizado como “Mendigram” en Instagram, donde la vergüenza se disuelve en stories efímeros.

Son los nuevos pedigüeños con filtros: exigen lujo sin aportar valor real, como esos tiktokers que presumen fortunas ficticias para ocultar su propia precariedad emocional.

En Telegram -especialmente- diferentes empresas te ofrecen 20 dólares diarios por poner likes a cuentas que no conoces. Y así suben sus seguidores que al final del día no existen.

Y por ganar unos cuantos centavos familias enteras incluyen a sus hijos menores de edad para inmiscuirse en este nuevo termómetro comercial.
Hacer el ridículo, aparecer como travesti, mostrar el trasero, desprestigiar el uno al otro o hacer el ridículo…todo vale.

No son indigentes, sino estrategas del engaño: fingen discapacidades o nacionalidades para “estafar la buena fe” en avenidas y redes. Entonces convierten la solidaridad en botín.

Aquí radica la tragedia: el mendigo auténtico no elige su cartel, sino que lo impone la indiferencia social. Videos crudos revelan historias de exclusión, no de exigencias; son los “últimos olvidados” en un ecosistema donde influencers saturan el scroll -mover el contenido o la pantalla para arriba o abajo-y pedigüeños roban la compasión genuina.

Mientras los primeros venden ilusiones tóxicas que distorsionan la autoimagen adolescente, los segundos perpetúan estigmas, dejando al mendigo real como sombra invisible.

En esta crónica urbana, todos mendigan atención, pero solo unos pocos sobreviven al juicio del algoritmo o la mirada ajena.

La ética periodística nos urge a discernir: ¿quién influye de verdad, y quién solo pide sin dar?

Al final del día vociferan y gritan la palabra influencer y ni sabe que significa y peor para que sirve.

Fuente: De la pluma del
MSc. Antonio Rodríguez Pazos