En un momento se sienten seguros y capaces de escalar la montaña más alta; horas después la vida se torna en una montaña empinada. Escoger qué ropa ponerse, qué peinado llevar, qué película mirar en la televisión, a qué amiga invitar a casa, a qué jugar entre hermanos, todo es cuesta arriba. Incluso las tareas más sencillas se les escapan. Lavarse los dientes después de comer, atarse los cordones de los zapatos, pasarse un cepillo por el pelo.
Al momento de vestirse, el jean más viejo y roto es el predilecto para TODOS los días. El flequillo que tapa la frente y si es posible ambos ojos, es el mejor refugio para pasar “desapercibido”, o quizás para llamar la atención de quien quiera interesarse.
Y la comida. ¡Ah! ¿Qué me dicen de la comida? Sucede que no hay despensa que aguante, ni golosina que pase desapercibida. Pero para la sopa que sobró del almuerzo, para esa, nunca hay apetito. Aunque, el día que preparaste poca comida, para que no se desperdicie, ese día te dicen: “¿puedo más?”.
No es ninguna revelación que los años de la adolescencia son complejos. Para ellos, porque están bajo un proceso de cambio hormonal, neuronal y físico. Y para nosotras, porque nos cuesta aceptar que ese niño obediente, predecible, atento y considerado se va reemplazando por un alienígena despistado, egoísta y despreocupado. Lo que debemos comprender es que el comportamiento irracional e inmaduro de los chicos, no puede justificarse bajo la premisa de “es que es la adolescencia”.
Entre los cientos de libros sobre educación y psicología que se han escrito, recomiendo dos títulos que están relacionados: ‘The Teenage Brain’, de la neurocientífica Frances E. Jensen y ‘Tormenta cerebral’ de Daniel J. Siegel. Ambos estudios coinciden en que entre los 12 y los 24 años ocurren cambios cerebrales importantes y desafiantes. Si madres y padres entendemos ese proceso, podremos ayudar a nuestros hijos a tomar riesgos, a ser autosuficientes y conectar con otras personas.