Anthony Hopkins ha vivido muchas etapas en su carrera, pero pocos saben que la estabilidad que hoy lo acompaña llegó de la mano de una mujer colombiana. En 2003 conoció a Stella Arroyave, una artista y comerciante de Pereira que trabajaba en un negocio de antigüedades en Los Ángeles. Hopkins, que venía de años complicados y buscaba un nuevo rumbo personal, encontró en ella una presencia tranquila, sólida y profundamente humana.
Su relación creció sin prisa, lejos del ruido de Hollywood. Stella lo acercó a una rutina más simple: caminatas, arte, música y una vida familiar que él mismo describe como “una bendición inesperada”. Hopkins suele decir que ella le dio calma, estructura y alegría en un momento en el que ya no esperaba sorpresas.
Más de veinte años después, siguen juntos. Él continúa actuando, pintando y componiendo, y no duda en afirmar que su mejor decisión no fue una película… sino la mujer colombiana que le dio una nueva forma de ver la vida.