En 1917, mientras su unidad entrenaba en la Universidad de Yale antes de partir al frente europeo, el soldado Robert Conroy encontró a un pequeño perro callejero con orejas erguidas y cola corta. Lo llamó Stubby.
Cuando el 102º Regimiento de Infantería embarcó hacia Francia, Conroy lo escondió bajo su abrigo y lo llevó de contrabando. Nadie imaginaba que ese perro mestizo serviría 18 meses en el frente occidental.
Stubby estuvo presente en múltiples combates —tradicionalmente se habla de 17— junto a su unidad en Francia. Aprendió a reconocer el silbido de la artillería y a agacharse antes de las explosiones.
Tras ser afectado por gas mostaza, comenzó a reaccionar con anticipación ante ataques químicos, alertando a los soldados cuando detectaba el peligro en el aire.
En una ocasión atacó a un soldado alemán que intentaba infiltrarse en las líneas aliadas, ayudando a su captura. También fue herido por metralla y gas, pero regresó al servicio tras recuperarse.
En hospitales de campaña visitaba a soldados heridos, elevando la moral en medio del horror de la guerra.
Su unidad le otorgó de forma honorífica el rango de sargento, un gesto simbólico que lo convirtió en uno de los perros más reconocidos del conflicto. Tras la guerra, fue recibido como héroe en Estados Unidos y conoció a los presidentes Woodrow Wilson, Warren Harding y Calvin Coolidge.
Stubby murió en 1926. Hoy su cuerpo preservado se exhibe en el Smithsonian. No fue un perro entrenado para la guerra. Fue un callejero que decidió quedarse cuando otros habrían huido. Y eso, a veces, es la forma más pura de valentía.
Fuente: nota de mascotas