mayo 18, 2026

LOS PUESTOS DE REVISTAS EN EL GUAYAQUIL DE AYER

Cansado de robos, drogas y muerte, algo refrescante
LOS PUESTOS DE REVISTAS EN EL GUAYAQUIL DE AYER

Allá por los años 60, cuando ni siquiera imaginábamos la llegada del internet, celular, facebook, twitter e instagram, los guayaquileños ocupábamos el tiempo en otras actividades, también amenas e, incluso, “adictivas”.

La ciudad era más estrecha y, producto de esa estrechez casi familiar, la gente se conocía más y departía en las esquinas,… esas esquinas que, por muchos años, quizás hasta fines de los 90 -no más- acogieron uno de los más sanos pasatiempos de los guayaquileños de antaño: los puestos de revistas.

Había puestos de revistas en los parques, como el Victoria, en las calles Sucre y Santa Elena y en algunos barrios del suburbio, pues estas lecturas callejeras no eran precisamente diversión de las gentes pudientes, sino más bien de la gente pobre, muchos de ellos desocupados y hasta vagos.

Los clientes podían tener de 10 años hasta más de 50; no había lecturas prohibidas y el costo por leer una de ellas, en sus inicios, no superaba los 2 reales (20 centavos de sucre), precio que, al parecer, estaba al alcance de cualquier viandante improvisado.

Los puestos estaban abiertos desde la mañana hasta casi las siete de la noche y su infraestructura básica no era cosa de gran despliegue: un exhibidor -generalmente de plywood- que se abría de par en par gracias a un juego de bisagras; un banco largo, de madera, y, claro, las revistas ubicadas sobre el tablero, sobrepuestas, sostenidas por una piola, pero siempre dejando entrever la carátula, donde sobresalía el protagonista.

A la gente de ahora puede parecerle mentira, pero en esos puestos, mucha veces, los lectores hasta hacían cola para alcanzar una revista; era una expectativa tal que el dueño debía poner orden, ya que no siempre el ávido lector estaba dispuesto a esperar su turno”.

En esas esquinas de barrio, aunque algunos piensen lo contrario, jamás se incurría en el consumo de bebidas alcohólicas u otros vicios, ya que la gente era muy sana y solo iba por el placer de leer.

Años atrás, en Diez de Agosto y Pío Montúfar, junto a un quiosco funcionaba el puesto de revistas de don César. Todos los lunes a las diez de la mañana llegaba de la distribuidora comprando las revistas de esa semana.

Apurado arreglaba las banquetas y colocaba las revistas nuevas sobre el tablón, en el que se exhibían, sujetas por líneas de piola.
A eso de las once, el puesto estaba hasta las banderillas.

Los lectores sabían que los lunes llegaban aventuras calientitas como pan recién salido del horno. Era el día de vivir nuevas aventuras o continuar las que quedaron en suspenso.

Todos sentados con la revista sobre sus piernas, las cabezas inclinadas hacia esas páginas. El asombro, la tristeza o la alegría dibujada en sus rostros. Recuerdo a esos lectores concentrados, hombro a hombro, semejando un bosque de hongos. Como esa flor de sapo que crece en la madera vieja y podrida en los inviernos de Guayaquil.

Hace muchos años, don César empaquetó sus revistas, vendió el quiosco y se mandó a cambiar.

Al otro lado de la cuadra en la esquina de suroeste de Pío Montúfar y Clemente Ballen estaba el puesto también bastante concurrido de Doña Dora que complementaba su puesto con charol de caramelos y cigarrillos quien atendió en ese puesto hasta ya muy avanzada edad.

Si se concurría al Mercado Norte era probable que por la calle Padre Aguirre encontráramos un tendido de revistas y cancioneros que se ofrecían a los lectores de la barriada.

Pero uno de los más concurridos fue sin duda alguna el que se hallaba en la calle del tranvía, es decir, en Vélez y Chanduy (actual Francisco García Avilés), contiguo al teatro Parisiana.

En esa intersección existía además una fonda y en el portal de la casa que no estaba al nivel de la acera, un señor utilizando un marco de madera con clavos en los extremos templaba piolas y colgaba sus revistas.

Cada dueño del puesto imponía ciertas reglas, pero las más comunes eran que no se podía intercambiar el ejemplar con otro lector ni llevárselo a la casa. Los clientes contaban con bancos y silletas para tener comodidad.

Hoy los jóvenes prefieren estar parados en las esquinas sin hacer nada, matando el tiempo, en lugar de ponerse a leer aunque sea estas historietas, porque lo importante es que lean.

En los últimos tiempos, los puestos de revistas desparecieron. En Colón entre Pío Montúfar y Seis de Marzo, en la avenida Olmedo y García Avilés, estaban otros puestos de Revistas.

Podíamos encontrar aventuras de : Memín, Viruta y Capulina, Doctora Corazón, Linda, Lágrimas y Risas, El Valiente, Juan sin Miedo, Látigo Negro, Águila Solitaria, Tarzán de los monos, Kalimán “El Hombre Increíble”, Memín Pinguín, Hermelinda, Blue Demon,. Las aventuras de Santo “El Enmascarado de Plata” Selecciones y Life en Español ”, Kalimán, Blue Demon, Furia, El Caballo del Diablo, El Valiente, Juan sin Miedo, etc, quedaron para la historia.

Los puestos de revistas callejeros eran vetados para las mujeres. Por lo cual se las alquilaba para llevar a la casa. Esas eran lecturas para los fines de semana y meses de vacaciones. Cuando eso ocurría, cada quien se adueñaba de su revista preferida: La Doctora Corazón, Susi, Cárcel de Mujeres, Archie, Risas y Lágrimas, El Pato Donald, Los Súper Sabios, Supermán, Batman, Mandrake, El Hombre Araña, Fantomas, etc.

Las nuevas eran: El Libro Vaquero, El Libro Policiaco, La Ley del Revólver, El Libro Semanal, Estefanía, y las de corte erótico: Serie Verde con portadas de mujeres semi-desnudas y otras prometedoras como Insaciables, Hembras, Profesionales, Sabrosonas, Consejero Sexual, etc.

En Gómez Rendón entre Tungurahua y Lizardo García, funcionaba la sala de revistas Juan Pueblo. Era un salón pequeño con todas sus paredes tapizadas con cientos de revistas y en el centro las banquetas donde cabían seis voraces lectores. En el portal, las bancas estaban arrimadas a la fachada pintada de colores vivos. Y junto a la entrada, el revistero vendía prensados de rosa y menta, refrescos de naranjilla, tamarindo y coco.

Leer esas aventuras bajo los portales. Sintiendo al viento agitar las páginas, viendo al revistero raspar la maqueta y haciendo saltar chispas de hielo o bebiendo un fresco de coco con esencia de rosa era la diversión y el pasatiempo que con nostalgia evocamos ahora, hasta que llegó el celular.

FUENTE WALTER GONZÁLEZ

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