abril 15, 2024

Eutanasia: el reino de los enfermos y el reino de los sanos._ Alba Silva docente de Derecho de la UIDE

Entiendo el sufrimiento de Paola y también su tenacidad porque fui testigo del reino de los enfermos, desde la leucemia de una niña de trece años, mi hermana, mi Dominga. La enfermedad la consumió, comenzando con la pérdida de trozos de sus cabellos rizados y castaños, días después los gritos por los pinchazos, sus brazos morados, ella gritando que no puede más, que no soporta más, pidiéndome/rogándome que la saque del hospital, la silla de ruedas, sus piernas sin responder, el sufrimiento de nueve meses acabó con un paro respiratorio. Yo lo esperaba, esa niñita ya no merecía vivir el infierno de la enfermedad y del sistema médico.

La sentencia de la Corte Constitucional, que convierte al Ecuador en el noveno país en legalizar la eutanasia, habla sobre la dignidad; pienso en este aspecto como fundamento de la vida. Y pienso que no caben puntos en contrario cuando no es tu cuerpo el que sufre, el que está siendo inhabilitado o el que es amputado. Incluso, cuando no eres tú quien está sujeto a un sistema de salud -en palabras de Ernaux- de «dominantes y dominados».

Este texto está dedicado a Dominga, mi amor, a Paola y a aquellos cuyos cuerpos han sido parte de un suplicio en la vida.
“La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara”, escribe Susan Sontag. A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Cuando me pidieron que escribiera sobre la eutanasia, pensé, preliminarmente, en referirme a los aspectos legales y tal vez morales del tema. No puedo. Cuando llega la noticia de la enfermedad, la vida se desgarra y no queda espacio para un orden lógico. Me referiré al tema desde el único medio que conozco: el dolor.

Hace unos meses, cuando Paola empezó su lucha en la Corte Constitucional, observé el tema desde lejos. Tenía dos miedos: el primero estaba relacionado con los juicios de valor o, como menciona Sontag, “las fantasías punitivas o sentimentales” que se maquinan sobre el estado de la enfermedad y, yo añadiría, sobre la muerte. Tenía miedo y aversión a esas fantasías punitivas que se expresan desde el fanatismo religioso, el sentimiento de supremacía, pero sobre todo desde la irracionalidad. Por otro lado, supongo que también tenía miedo de percibir el sufrimiento de Paola y, con él, revivir mi propio dolor. Escuché su entrevista después de la sentencia del 07 de febrero de 2024, lloré, respiré hondo y pausé.

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