junio 18, 2024

La guerra mundial en clave marxista

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Chris Bambery.

Historia marxista de la segunda guerra mundial.

Barcelona. Ediciones de Pasado y Presente, 2015.

445 páginas.

Bambery no es un
historiador académico. Ha sido por décadas un militante activo de
agrupaciones del socialismo radical de raíz trotskista en su país
natal, Escocia. Los trabajos historiográficos jalonaron su
trayectoria, en simultáneo con su actividad militante.

Eso se trasunta
en cierta frescura de su trabajo, que si bien respeta las reglas
básicas de la escritura académica, con todo un aparato erudito, se
orienta por senderos diferentes al de la “corriente principal” de
la historiografía universitaria.

Su libro es una
muestra, por si hiciera falta, de que puede escribirse buena historia
desde ámbitos diferentes a los recintos universitarios. No se trata,
ni mucho menos, de invalidar lo producido en estos últimos. Sí de
eludir cierto menosprecio a lo que se genera por fuera de los
circuitos de enseñanza e investigación más reconocidos.

¿Epopeya
antifascista? ¿Choque entre imperios?

Escribe el autor
en las conclusiones: “La tesis principal de este libro es que la
segunda guerra mundial fue un conflicto imperialista, pero que el
fascismo le permitió desarrollarse en un escenario ideológico
completamente distinto al de la contienda de 1914-1918. En el mundo
entero millones de personas ansiaban la destrucción del fascismo y
estaban dispuestas a respaldar a los líderes de sus países si estos
podían lograrlo.”

A diferencia de
abordajes más convencionales sobre su objeto de estudio, el autor se
ocupa de desmitificar el carácter antifascista del conflicto, si se
lo mira desde la perspectiva de los ámbitos dirigentes de las
grandes potencias capitalistas, las llamadas “grandes democracias”.

Destaca así el
empeño de los futuros aliados en evitar enfrentarse a la Alemania
nazi y al mismo tiempo el intento de desatar una guerra de exterminio
entre ésta y la Unión Soviética. O las finalidades imperialistas
de las grandes potencias, como Gran Bretaña, que va a la guerra
movida por la voluntad de preservar su imperio colonial. O Estados
Unidos, que ve una oportunidad de consolidar su rango de primera
potencia mundial.

El conflicto
entrañó varios antagonismos armados al mismo tiempo, de contenidos
muy diferentes entre sí: El de las potencias imperialistas
enfrentadas; el choque a muerte entre el nazismo y el Estado
soviético, el empuje de liberación de los pueblos colonizados de
Asia y África; el esfuerzo chino por sacudirse su status
semicolonial.

Cada uno tuvo su
resolución específica y contribuyó a dar nueva fisonomía al mapa
del mundo una vez concluido el gigantesco choque armado.

Busca así
Bambery un interesante equilibrio entre el tratamiento del carácter
interimperialista de la guerra entre las clases dominantes, y el
emprendimiento antifascista visto desde el abajo social. Lo que va
acompañado por el señalamiento de la tendencia a acomodarse con el
fascismo de las burguesías “democráticas”, tal como ocurrió en
Francia después de la derrota de 1940.

Las clases
trabajadoras, por el contrario, se alineaban contra los regímenes
reaccionarios y vieron la guerra como un modo de librarse de ellos de
modo definitivo. Estuvieron dispuestos a poner en riesgo sus vidas
para terminar con las dictaduras, no en pos de los antagonismos entre
capitalistas.

El historiador
llama la atención acerca de que las actitudes de las dirigencias
“democráticas” estuvieron en buena medida guiadas por el temor a
una revolución social en sus países respectivos. Y a la asunción
de que el enemigo principal era el comunismo, no el fascismo.

Sólo el
incremento y la repetición de las agresiones del régimen nazi
terminaron por arrastrarlos al enfrentamiento, luego de buscar por
todos los medios un arreglo, incluso después de la invasión de
Polonia.

Guerra,
revolución y masacres.

El empeño
antifascista de las masas tuvo en varios países derivaciones
revolucionarias. Los movimientos de resistencia triunfantes
intentaron proyectar la victoria frente al Eje en liberación social
en perspectiva socialista.

El autor
despliega de manera adecuada el papel de la dirigencia encabezada por
Stalin de reducir a movimientos “democráticos” y volcar a
gobiernos de “unión nacional” a los resistentes conducidos por
los respectivos partidos comunistas.

De todos modos
cabría la objeción de que Bambery recurre a cierto esquema en el
que las masas siempre aparecen dispuestas a la disputa del poder y
las dirigencias actúan de modo indefectible como mecanismo de freno.
La mirada a los distintos procesos nacionales puede inducir a miradas
más matizadas.

Sólo quienes
desoyeron las orientaciones stalinianas, como los chinos y
yugoeslavos, lograron llevar a término procesos revolucionarios
exitosos, ya después de terminada la guerra. Los que fueron mediados
por la derrota en combate de las fuerzas nacionalistas y
anticomunistas que también habían tomado parte en la victoria sobre
los ocupantes, en lugar de buscar alianzas con ellos.

La orientación
del Estado soviético, tanto durante la guerra como en el diseño del
poder posbélico, estuvo guiada por sus propios intereses de gran
potencia. La prioridad era la protección de las fronteras de la
URSS, encuadrada en un reparto de esferas de influencia que la
conducción soviética no quería ver perturbada de ninguna manera.

Una mención
aparte merece el tratamiento del papel soviético en las operaciones
bélicas. Insospechable de simpatías con el stalinismo por su
militancia trotskista, el historiador marca la centralidad del choque
alemán-soviético y el enorme costo de la guerra para esa sociedad,
tanto en términos económicos como humanos.

Asimismo marca el
carácter decisivo de la acción del ejército rojo, desde la exitosa
defensa de Stalingrado a la ofensiva final que desembocó en la toma
de Berlín. Su contribución al esfuerzo de guerra tuvo un peso
desproporcionado en relación al británico y estadounidense.

La guerra
desenvuelta entre 1939 y 1945 no fue una cruzada mundial por la
democracia y la libertad de los pueblos. Fuerzas más oscuras se
desenvolvieron a lo largo de toda su duración.

Y se pusieron en
evidencia en particular en los medios bélicos empleados. Sin
establecer un parangón con el genocidio cometido por los nazis, el
otro bando puso en movimiento recursos atroces.

Los bombardeos
masivos de los aliados, que causaron a conciencia cientos de miles de
muertos en la población civil, no fueron compatibles con ningún
parámetro humanista. Y manifestaron total falta de respeto por las
vidas humanas. La guerra fue muchas cosas, pero no un enfrentamiento
entre el bien y el mal.

———

Bambery no se
circunscribe al relato estricto de la guerra sino que parte de unos
años antes y se extiende después a la remodelación del mundo en la
posguerra. En esa línea completa una síntesis del panorama mundial
desde 1930 hasta 1950 aproximadamente, de un modo en que proporciona
importantes pistas para la comprensión del mundo de la segunda mitad
del siglo XX.

El libro que nos
ocupa no es un trabajo exhaustivo, sino una síntesis vivaz del
conflicto armado más cruento del siglo XX, sus antecedentes y
consecuencias. El que fue decisivo para la configuración del mundo
posterior. Su enfoque disruptivo resulta loable, en medio de tanta
apología en las coordenadas “democracia vs. totalitarismo” que
se ha escrito durante décadas.

La obra acerca
sin duda a la comprensión de que durante los seis años de guerra se
asistió a una gigantesca lucha de los pueblos contra el fascismo, es
cierto. Y al mismo tiempo a una puja entre potencias por un nuevo
reparto del mundo, del que Estados Unidos resultó el beneficiario
mayor.

Y puede
constituir una buena puerta de entrada para todo lector con espíritu
crítico, que quiera poner en cuestión la mirada al uso acerca de la
guerra.

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