junio 24, 2024

Alejandro Querejeta Barceló._ No está en su horizonte

Borrar la historia de la memoria de los votantes es la consigna. Incluso de quienes se abanderan con el voto nulo. Nulidad es, exactamente, si es que esa corriente de opinión cala en los votantes, lo que vamos a tener: anulación, invalidación, ineptitud, insuficiencia, inutilidad, incompetencia, torpeza, impericia estrechez, pequeñez. No hace falta ir muy lejos para constatarlo. Volveremos así, en amarga tradición, a frustrarnos en cuanto a la política.

La conciencia de libertad es una ilusión. La cuestión de la culpa es fácil de resolver: la tienen otros, por supuesto. El Estado de Derechos y los principios constitucionales son simple papel mojado. Sus representados, un rebaño obediente. De ahí la necesidad de mantener despierta la memoria para las nuevas generaciones, si es que se quiere tener un país incluyente y próspero sobre bases reales.

Hay fundamentalismos en nuestra manera de entender las relaciones sociales y culturales, como muros por derribar. El viejo principio ‘cogito ergo sum’, el “pienso luego existo” de Descartes, podría traducirse en un lamentable “manipulo, luego controlo todo y a todos”. Tamaña nulidad democrática quiere convertirse en una cruz que todos deberemos llevar a cuestas.

El terreno de juego ya está delimitado. No hay casualidades. No es una categoría política, sino moral. Cada vez, está más claro: la memoria democrática y la memoria histórica renquean entre nosotros. Mentira tras mentira, los votantes saben que ciertos políticos están mintiendo y lo que les importa es el poder. ¿A quién le importa? La línea divisoria no es entre la derecha y la izquierda, sino entre lo amoral y lo moral. Ese es el meollo del problema.

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